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lunes, 23 de enero de 2012

Bello Lunes (ja)

Su Ominencia ha sido asaltado.

Pasó de regreso a mi casa, a menos de dos cuadras de ella, casi enfrente de la tortillería a la que siempre voy. Llegaron por detrás y sin hacer ruido. Me pusieron un brazo en el hombro, como si me conocieran y me quisieran dar una grata sorpresa. Terminaron apoyándome contra la puerta en la que usualmente se para un lindo gato dorado con ojos azules y ahí me dí cuenta de que uno de ellos tenía una cicatriz todavía fresca en el lado derecho de la cara.

Hasta este momento no me había dado cuenta de lo útil que me podría resultar el hecho de que mi esclava es prácticamente imposible de abrir. Le dio tiempo a mi celular y lector electrónico de ser ignorados por completo. La esclava heroicamente terminó sólo doblándose por el forcejeo y ellos se fueron antes de que pudieran llevarse algo.

Curioso es el hecho de que lo único que se me ocurría mientras forcejeaban para llevarse mi esclava era en lo ridículo que me debía ver con mi cara de imbécil pasmado. De hecho ellos también se veían ridículos sacudiendo inútilmente el pequeño adorno dorado como si planearan usarle de víctima sexual.

Sigo pasmado, aún no se me empiezan a ocurrir cosas sádicas y divertidas.

Extraño, pero creo haberme asustado más cuando mi cuenta en "Yogurtland" tuvo la
indecente idea de superar mi presupuesto.

(Nota de dos días después: la cicatriz que me quedó hace creer que me intenté cortar las venas con un bolillo seco)

lunes, 21 de noviembre de 2011

O de Odio

Quien me conozca sabrá que estoy diciendo la verdad; no me gusta el odio ponzoñoso, y menos cuando el único que sufre por ello es uno mismo. En parte porque en mi minusculamente micrométrica escuela es algo así como un deporte nacional -y yo odio practicamente todos los deportes que no sean badminton-, pero más que nada se debe a que sólo puedo sentir tres cosas en caso de que alguien me desagrade: ira, desprecio u odio, y no me agrada la idea de guardarme ninguno de ellos para mi mismo.

La ira es la menos preocupante de todas; es explosiva, sí, pero hasta ahora sólo ha habido varios estrangulados y bastantes más risas de las que me gustaría admitir. Puedo sentirme iracundo con casi cualquiera, no importa que tanto quiera, adore o admire a esa persona. Es algo que todo el mundo puede pedir y gozar -si es que de masoquistas quieren que tratemos- y pasa tan rápido que le suele seguir una ola de felicidad que muchos aprovechan como fundamento para llamarme bipolar.

El desprecio es un poco más fuerte, y como misántropo que soy es un denominador común de prácticamente todos los días en los que convivo con humanos. Desprecio muchas cosas, las cuales hasta ahora sólo han servido como combustible para mis múltiples chistes crueles (1)- hay varios entes que sólo como tal dejan de ser inútiles-. Mi trato con lo que merece que mire para abajo es casi cordial y procuro no desgastar ni mi persona ni mi tiempo lidiando con tanta pendejez, mediocridad y falta de sentido común.

Pero el odio, el odio es algo diferente. No es explosivo, no es divertido, no es algo inofensivo y definitivamente no es algo que puede ser aspirado y/o deseado por la población normal. Mi odio puede ser considerado un cumplido, jamás odiaré a alguien que considere por debajo de mi nivel; involucra respeto y, ya que estoy en esto de la sinceridad, un poco de miedo. Mi odio es inmortal, no perece cuando llega la venganza ni decae con el tiempo. Hay muy pocas personas que se lo han ganado y -por muy extraño que suene- me alegra haber encontrado a alguien más.

Hasta ahora las únicas razones que había tenido para tenerle cierto desagrado sólo se elevaban a hacer sufrir a una de las personas que más quiero en el mundo. Lo siento, pero por mucho que ame a alguien -y ese alguien sea hecho penar por otro- el odio por ósmosis no suele funcionar en mí.

Después llegó la ola de sospechas que él causó. La paranoia de mi amiga es algo feo y me martirizó por lo menos tres veces durante ese tiempo. Entonces se ganó la categoría de enemigo imposible de detestar, todavía algo desestimable y que podía pasar por alto.

Lo lindo pasó éste sábado, cuando como buena persona que se preocupa por su afines acompañe a la chica para que lo viera en metro Polnaco y así tuvieran tiempo para conversar. Su Ominencia iba a pasar a ver una librería allá por Pabellón -ñoñada que terminó traumáticamente y de la cual os hablaré después-, y confiando en que todavía no entrabamos en trato hostil le pregunté al insecto miserable cómo se llegaba. El hecho de que después tuviera que echarme una caminata maratónica por haber sido enviado en la dirección contraria resume elegantemente todo lo que tengo que decir al respecto.

Lo curioso es lo que había dicho ella justo antes de que el aludido llegara “Odia a todo el mundo y todo el mundo lo odia”. No creo que se necesite de todo el mundo, yo solito basto.

(1) les prometo una compilación de sangronadas épicas un día de estos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Su Ominencia y el Tianguis

Creo, queridos lectores y lectoras, que me estoy empezando a adaptar a vuestra desconcertante cultura; o por lo menos se me está quitando lo imbécil en cuanto al trato humano se refiere.

Para no dejarlos con la duda por más tiempo del retóricamente requerido como preludio, revelaré de una vez el motivo de esta nota: hoy evité ser vilmente estafado en un tianguis (wiiiiiii); cosa que para una torpe persona que se suele referir a ellos como "la mística tierra de la gente de las lonas" es una proeza digna de colocarse al lado de las de Rama, Quetzalcoatl, el Cid y Sigfrido.

Y es que, estimada gente del otro lado del monitor, hay tres cosas en las que a pesar de su ineptitud, vuestro amado Brujo no puede ser facilmente engañado: sushi, piedras semipreciosas y artículos de caligrafía.

Todo el asunto empezó de una manera de lo más ordinaria: con un excéntrico yo caminando de regreso a su acogedora guarida.

Resulta que, como todos los sábados, estaba yo atravesando el parque del encantador Kiosco Morisco, cuando llamó mi atención el hecho de que había un tianguis instalado enfrente de este. Motivado por mi curiosidad natural, me acerqué a ver qué había de interesante en venta. Un puesto con absurdamente grandes cantidades de plumas fue lo único que llamó mi atención.

Movido una vez más por mi curiosidad, decidí preguntar al regordete vendedor si tenía plumas de caligrafía. Me contesto de una manera que se me quedo grabada en la memoria: "Todas las plumas sirven para caligrafía" dijo, mientras yo me daba cuenta de que el hombre no sabía lo que vendía...

Conteniendo la risa en mi knilch, puse mi más fastidiosa cara de mocoso arrogante y le pregunté si tenía plumas fuente, a lo que respondió señalándome una pequeña porción del mostrador.

Primero tomé una pluma negra con adornos dorados. "Esa cuesta $300. La plateada que está a un lado es Parker" me dijo mientras atendía a una señora chaparrita y con bigote.

Tomé la supuesta pluma Parker, y, a decir verdad, si alguien me la regalara me podría dar cuenta de tres cosas:
1o-La buena voluntad de la persona,
2o-su conocimiento profundo sobre mis manías absurdas y
3o-que estaba un poco corto de capital a la hora de realizar la compra.

Como acabo de decir, el objeto no era la gran cosa; sin embargo, tenía la peculiaridad de que su forma servía obviamente para caligrafía oriental -habiendo incursionado y fracasado en el uso del pincel con tal propósito, la adquisición de dicho objeto me resultaba bastante tentadora-. "¿Cuanto cuesta su pluma china?" pregunté, poniendo un énfasis en la palabra "china" que tenía por propósito hacerle notar que no había caído en su pérfida trampa.
"Esa cuesta $350; y no es china, es japonesa, sólo que los símbolos se parecen"

Vi la marca; según yo y Google Translate, la fonética de la palabra "Huadong" no correspondía en lo absoluto con ninguna palabra japonesa, mientras que la palabra china para referirse al Este sonaba exactamente igual.

Ahora, quiero aclarar dos cosas:
-Hubiera comprado la pluma aunque costara los $350 y fuera de dudosa procedencia. Usualmente no me pongo roñoso en cuanto a la calidad de los objetos exóticos que compro. Y sinceramente no me hubiera importado que dudaran de mi salud mental.

-Lo que evitó que lo hiciera fue el hecho de que el pendejo del puesto tuviera la indecencia de intentarme engañar no una, sino dos veces; y que, bajo la creencia de que me podía chamaquear como a cualquier otro ignorante, intentara convencerme con el argumento de que "los símbolos son muy parecidos" de comprarle su mugrosa pluma. Me importa -y fastidia- mucho que cuestionen y ofendan mi inteligencia de esa manera.

Me marché sin decir nada, mientras el despreciable volvía con la bigotona tras haber fracasado en su estafa...

miércoles, 25 de agosto de 2010

¡Oh decepción!

Hasta el día de ayer, la relación entre el Wal Mart de Buenavista y mi familia era como un noviasgo poco noble. Habiamos perdonado sus faltas y este habia ignorado las nuestras (romper la mercancía accidentalmente).

Las cajas "rapidas" (mas lentas que las normales), la decepción producida cuando los articulos mas apetecibles carecian de codigo de barras, los shampoos "ordeñados", los sanitarios que carecian de papel higienico y hasta la escurridiza fauna que se escondía al grito de "¡cucaracha!", no habian significado una molestia tan monumental como para dejar de comprar ahi.

Y asi hubiera seguido de no ser por un error en la farmacia, tan ridiculamente tonto que resulta inefable al carecer nuestro idioma de palabras mas poderosas que "pendejisimo"...

Todo empezó desde hace una semana atras, cuando me dí cuenta de que se me estaba acabando mi antibiotico, algo que usualmente significa estornudos pestilentes y volcanes en mi protuberante nariz.

Con esos curiosos padecimientos como recordatorio, en cuanto entramos al autoservicio supe lo que debiamos comprar. Asi, tras surtir la despensa, llegamos a la farmacia y solicitamos el medicamento. Despues de un pequeño "display" de ineptitud por parte de los empleados, nos entregaron la cajita, de una marca que no me dió muy buena espina cabe aclarar, y regresamos a casa.

Pasaron unas cuantas horas, proseguimos con nuestra calmada existencia y, ya en la noche, abrí la caja para tomarme mi píldora. Imaginen mi cara (vamos, no tengan miedo), ahora imaginen mi expresión de furia, ponganlas juntas y tendran una version "light" de mi rabia al ver que la dichosa cajita solo tenía 12 tabletas. Bueno, esa fue solo la primera parte. Lo que le siguio al constatar que lo que esta contenía era un medicamento 5 veces mas barato fue algo solo equiparable a la Titanomaquia y a un cataclismo nuclear juntos.

Y asi al grito belico de "¡Pinches rateros!" fuimos a la velocidad de la demecia colectiva rumbo a la "futa" tienda, solo para encontrarnos frente a un escritorio de "Servicio al cliente" (hipócritas) hasta la madre. Solucionados los problemas de los demas clientes, que a excepción de un señor con una bateria de auto no parecían tan graves, llegamos con el encargado (que se quedo con cara de "oh mierda") y le explicamos nuestro problema de una manera tranquila y civilizada.

Viendose incapaz de resolver el problema llamó al subdirector de farmacia, quien argumentando que despues de hablar al surtidor no habian encontrado la causa del problema. En mi opinión se estaba haciendo como Alejo, ya que el medicamento que venía nisiquiera era del mismo laboratorio, dah.

Bueno, llegó la artilleria pesada (mi papá) se dió un remedo de dialogo con el gerente que termino en negociaciones semi-hostiles, todo el mundo se enteró de la transa y el director de farmacia (con quien se debio haber aclarado el asunto) jamas apareció.

Asi, con 260 pesos perdidos, mis queridos progenitores enfuriados y conmigo detras de una computadora que todavia funciona con bulbos, empiezo a recordar mi antiguo grito de protesta, iniciado por culpa de una fuente defectuosa, porque esto:
¡Es un fraude!,¡Es un fraude!,¡Es un fraude!,¡Es un fraude!...